Ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos en la producción de aceites vegetales

Un reciente estudio publicado en Current Biology ha puesto el foco sobre una realidad dramática. Entre 1999 y 2015 la población de orangutanes en la isla de Borneo se ha reducido un 50%, unos 100.000 ejemplares. Comúnmente se afirma que se ha destruido parte del hábitat natural en el que residen estos y otros animales porque la conversión de tierras para plantaciones de palma de aceite es responsable del 40% de la pérdida de la superficie forestal natural en todo el mundo.

Varios autores del CIRAD, la Organización Francesa de Investigación Agronómica y Cooperación Internacional para el Desarrollo Sostenible de las Regiones Tropicales y Mediterráneas, firman un artículo titulado “Historia de una exageración: la realidad detrás de los datos de deforestación por aceite de palma”. Según se recoge en el texto Indonesia y Malasia se enfrentan a un descomunal problema ecológico porque sus bosques están desapareciendo rápidamente y se ha echado la culpa al aceite de palma. De hecho, la industria del aceite de palma simboliza las tensiones entre la necesidad urgente de preservar los espacios naturales y el apoyo necesario para el desarrollo económico en los países productores.

Cuando se gestionan adecuadamente y de forma sostenible, las plantaciones de palma de aceite pueden jugar un papel importante en la mejora de los medios de vida y la erradicación de la pobreza en las zonas rurales de los trópicos. No olvidemos que según estima el Banco Mundial, con un aumento de la población del 11,6% y un aumento del 5% en el consumo per cápita, se tendrán que producir 28 millones de toneladas adicionales de aceites vegetales anualmente para 2020.

Ahora mismo, la producción mundial del aceite de palma está dominada por Indonesia y Malasia, que en total representan el 85% de la oferta mundial. El consumo está impulsado por las economías emergentes, tales como India, Indonesia y China, donde tanto el crecimiento de la población y el aumento de la calidad de vida son factores clave para el aumento de la demanda. El consumo europeo supone aproximadamente el 15% y el de EE.UU. el 3%.

Este tema alcanzó más protagonismo por La Resolución del Parlamento Europeo sobre el aceite de palma y la deforestación y fue recogido en un artículo publicado por el diario francés Le Monde el 3 de abril de 2017. En cuanto a los daños ambientales relacionados con la producción de aceite de palma, el artículo afirmaba que: «La conversión de tierras para plantaciones de palma de aceite es responsable del 40% de la pérdida de la superficie forestal natural en todo el mundo».

Ante esta afirmación la sorpresa llega cuando los expertos del CIRAD, tras investigar la fuente de estos datos, aseguran que el aceite de palma en realidad solo es responsable del 2,3% de la deforestación mundial.

La guerra de cifras está servida. Yo no digo que haya que desforestar indiscriminadamente, pero sí que es injusto que desde los países desarrollados hoy nos escandalicemos por éstas cosas que pasan en países que buscan fuentes de ingresos de donde sea, y que hagamos caso omiso cuando escuchamos hablar de otros sistemas de producción como el aceite de palma sostenible, cuando nosotros no lo hemos hecho mejor.

En occidente también deforestamos

Las especies más amenazadas de España: el águila imperial; la cerceta pardilla, la focha moruna y la malvasía cabeciblanca; el desmán ibérico; la margaritona; la lapa ferrugínea; el oso pardo; la pardela balear y el lince ibérico, y así hasta un total de 153 especies catalogadas por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) están dentro de su registro de especies vulnerables o en peligro de extinción.

En el mundo tampoco pinta mejor, según el Índice Planeta Vivo 2016 que calcula la asociación WWF, la población mundial de peces, aves, mamíferos, anfibios y reptiles ha disminuido un 58% entre 1970 y 2012; para 2020 se prevé que este descenso sea de un 67%. De entre todas ellas, las especies de agua dulce son las más amenazadas: han disminuido casi un 81%.

La principal causa que señala la ONG para explicar esta disminución de la biodiversidad es la mano humana. En primer lugar la explotación agrícola e insostenible que ya ha provocado la pérdida de múltiples hábitats. Asimismo, la disminución de la cantidad de agua dulce del planeta, la contaminación y el cambio climático son otras causas que han contribuido a la extinción de las especies.

El olivo a debate

Recuerdo hace unos años, cuando estaba entrevistando a un matrimonio que había decidido dejar la ciudad por el campo y explotar un olivar de forma tradicional, me comentaron que sus olivos en apariencia eran “feos” porque dejaban que debajo de ellos creciese la biodiversidad, esencial para el conejo, alimento del lince y denunciaban que el aspecto que tienen los olivares actuales responde a su explotación industrial, para que las máquinas puedan hacer mejor su trabajo.

Según comenta Samuel Galiano Parras, doctorado en ecología de la Universidad de Jaén, en su artículo, “Erosión en cultivos mediterráneos: El Olivar”, basado en un estudio de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) y publicado por el diario El País en el año 2012 bajo el título “El olivar de montaña ha perdido desde 1980 más suelo fértil que en dos siglos”, desde los años 80 se ha perdido más suelo en los olivares marginales -con altas pendientes- que en los siglos anteriores, esto se debe al uso indiscriminado de herbicidas y la mayor profusión y profundidad del laboreo desde la llamada “revolución verde”.

Estos herbicidas han eliminado totalmente la capa de hierbas que aparecían bajo estos árboles (con el fin de facilitar la recolección del fruto que cae al suelo y sobre todo evitar la competencia por el agua, uno de los principales factores limitantes que tienen los olivares cuando son manejados en secano) y como consecuencia se ha producido un incremento espectacular de la erosión hídrica, tal y como se describe en el artículo de la UPO, eliminando la capa edáfica más superficial. Las consecuencias más visibles de esta erosión son la generación de surcos y cárcavas y la aparición de las propias raíces del árbol.

Dado que la legislación creada hasta ahora -aunque ha mejorado la situación- no ha conseguido eliminar el problema, que el manejo del agua y la erosión a través de diferentes mecanismos no es fácil y que la producción de este olivar por sus mismas características es muy limitada; Galiano se pregunta si no sería mejor abandonar este cultivo en lugares tan difíciles y dejar que se restableciera cierta vegetación natural para reducir las tasas erosivas.

Como consecuencia, la pérdida de suelo fértil se ha convertido en el principal problema asociado al cultivo del olivar y por tanto del problema de desertificación que sufre una parte considerable de España. De hecho, la mayor parte de las zonas que las CC AA han localizado como las más afectadas por la pérdida de capacidad productiva y sustentadora de vida en el suelo, son precisamente las zonas destinadas al olivar, especialmente las plantaciones de olivos cultivados en pendientes elevadas (olivares de sierra).

Mientras tanto, España es el país europeo con más riesgo de sufrir desertificación, alcanza ya el 20 por ciento del territorio, inducido por una actividad humana inadecuada en el uso del suelo y por la aridez de sus tierras.

En un artículo publicado en ABC por Miguel Á. Ortega, presidente de la Asociación Reforesta, comenta que hoy día siguen dándose usos insostenibles del suelo, especialmente en relación con la agricultura y la ganadería, en escenarios tales como los cultivos de regadío, cultivos leñosos (frutales, olivo y vid), cultivos herbáceos de secano en pendiente y dehesas afectadas por sobrepastoreo. A ellos hay que añadir la urbanización, que conlleva la pérdida total de la funcionalidad ecológica del suelo por sellado del mismo.

El uso inadecuado del suelo acentúa el riesgo de desertificación, especialmente en el actual contexto de cambio climático, tal y como señalan los modelos empleados para evaluar el riesgo de desertificación.

Ortega afirma que “en el pasado, España se desertificó bastante, en la actualidad se desertifica poco y, en el transcurso de este siglo, como consecuencia de los usos insostenibles del suelo y del cambio climático, podría volver a desertificarse bastante”.

Alrededor de dos terceras partes de la superficie española están expuestas a este problema y un 1 por ciento se degrada activamente, explica en una entrevista con EFE, Jaime Martínez Valderrama, Investigador de la Estación Experimental de Zonas Áridas de Almería del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

En cuanto a la agricultura, Valderrama resalta que España, el primer país productor de aceite de oliva, dedica mucha superficie al cultivo del olivo de una manera no adecuada lo que facilita que con la llegada de las lluvias torrenciales, el suelo inicie un proceso de erosión muy difícil de revertir.

En este contexto añade que décadas atrás, las hectáreas dedicadas al cultivo tenían «tierras de refresco» para el descanso del suelo, pero actualmente estas han desaparecido y la tasa de regeneración de los recursos ya no es tan alta como antes.

En todo este rápido repaso hemos viso que tampoco nos caracterizamos por hacer las cosas tan bien en cuanto a las explotaciones agrícolas se refiere. Por eso, ahora más que nunca, cuando miremos a los países productores de aceite de palma, debemos apoyar y fortalecer los estándares de certificación que existen. Además, los pequeños propietarios, que representan el 40 por ciento de la producción mundial de aceite de palma, deben recibir apoyo para la transición a la producción sostenible, y los productores y los clientes de la cadena de suministro necesitan una gobernanza forestal eficaz. La responsabilidad de las naciones productoras y consumidoras pasa por ser habilitadores con el propósito de lograr una producción sostenible de aceite de palma.

Luis Guijarro. Periodista medioambiental