Mucho se ha escrito sobre las consecuencias medioambientales del cultivo del aceite de palma, sin embargo, la producción de este ingrediente clave en la industria cuenta con una vertiente sostenible indispensable para el futuro de las comunidades locales y del planeta.

Asimismo, se ha podido comprobar que el aceite de palma contribuye a la captación de carbono y a mitigar, por tanto, el cambio climático. Para ilustrar estas afirmaciones buscaremos los ejemplos de ‘best practices’ de Colombia, Guatemala, Costa Rica y Brasil. En estos países americanos, el cultivo de este ingrediente imprescindible para la industria alimentaria supone un modus vivendi para comunidades de agricultores que se convierten en microempresarios y que, de otra forma, estarían abocados a la pobreza y la emigración.

El caso de Colombia es bastante notorio pues es el mayor productor en América y el cuarto en el mundo con un 2% en share gracias a los 6.000 cultivadores de aceite de palma con los que cuenta. Se trata, principalmente, de pequeños agricultores que establecen alianzas que facilitan su trabajo.

Según la FAO, Colombia es uno de los países con posibilidades reales de aumentar las zonas de cultivo sin deforestar. Un dato lo encontramos en el estudio de la Universidad de Duke. En el periodo 1989-2013, la zona de cultivo aumentó casi un 70% y el porcentaje de deforestación fue ni más ni menos que de un 0%.

La contribución a la reducción de la pobreza que genera su cultivo se plasma en que el sector genera hasta 30 veces más empleo por unidad de superficie que otros cultivos de larga escala como la soja. (Fuente: Banco Mundial en 2011).

100.000 empleos, entre directos e indirectos, generan las buenas prácticas agrícolas de la palma en otro país americano, Guatemala. Hace menos de 30 años que se trabaja con la palma en este país y ya ocupa el 40% de la tierra agrícola. Su cultivo abastece las necesidades de Guatemala y deja un 70% de excedente para exportación. Aquí el gremio de palmicultores, Grepalma, es uno de los grandes impulsores de la palmicultura sostenible que preserva el medio ambiente.

La producción de palma aceitera en Costa Rica es una actividad en la cual los pequeños y medianos productores tienen una participación activa en todo su proceso: producción, industrialización y comercialización. Sus agricultores destacan que es un cultivo “no difícil de mantener” y “amigable con medio ambiente”.

El proyecto de siembra de palma africana está teniendo unos excelentes resultados. La producción ronda las 30 toneladas por hectárea/ año en la zona del Atlántico.

En este viaje por las ‘best practices’ de la palma en América recalamos en Brasil. El programa del Gobierno Federal, lanzado en mayo de 2010, fomenta la producción sostenible del aceite de palma en la Amazonia. Para ponerlo en marcha, su punto de partida fue la delimitación de las zonas aptas para el cultivo. No se podía destruir la vegetación nativa para cultivar aceite de palma. La idea es crecer respetando la naturaleza, e incluso recuperando áreas degradadas. Los estudios demuestran que es uno de los cultivos con mayor potencial de fijación de carbono. Una hectárea es una plantación adulta almacena 26 toneladas de carbono que fueron retiradas de la atmósfera.

Otro de los puntos a favor de su cultivo es la creación de empleo y el seguro de permanencia de las familias de agricultores en la tierra. Se estima que crea un empleo por cada 10 hectáreas plantadas. Por último, el aceite de palma es rico en vitamina A y E, por lo que se recomienda como complemento nutritivo para la población de renta baja. En 10 años, de 1998 a 2009, su consumo pasó de 17 a 45 millones de toneladas.

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